



El mar está a pocos metros. Se oye de madrugada, se huele todo el día. Se siente cuando el viento empuja la sal contra las casas. Se vive con la dinamica de pequeñas embarcaciones pesquera que zarpan por la noche y regresan al amanecer cargados de una buena pesca.
Pero en Villa Fátima, un barrio asentado a orillas del litoral de Riohacha, el agua que más miedo produce no viene del Caribe, sino de las lluvias que caen sin aviso y se quedan atrapadas en las calles, como una condena repetida.
Basta una llovizna para que el barrio se transforme. Las vías de arena se vuelven ríos turbios, las cunetas inexistentes rebosan y el agua estancada invade patios, cocinas y habitaciones. No hay drenaje pluvial que conduzca el exceso hacia el mar. Hace años se construye un sistema de alcantarillado, cuya obra, avanza en medio de un torbellino de irregularidades y promesas no cumplidas. Y el agua potable, irónicamente, sigue siendo un privilegio intermitente.
En Villa Fátima, el agua llega cuando quiere y se queda cuando nadie la necesita. Las familias han aprendido a convivir con el encharcamiento permanente. Los niños caminan descalzos entre charcos verdosos; los adultos levantan los muebles con bloques y tablas; las madres hierven el agua una y otra vez, con la esperanza de matar bacterias invisibles. El olor a humedad se mezcla con el de las aguas residuales que, al no tener un sistema adecuado, buscan salida por cualquier parte.
“Aquí no se inunda: aquí se pudre” grita una mujer wayuu, que hace las veces de líder, y suelta la lengua cuando ve a periodistas o funcionarios publicos visitar la zona. Ella señala la calle frente a su casa, convertida en un espejo opaco donde flotan residuos, insectos y desechos.
La crisis sanitaria no es una amenaza futura, es una realidad cotidiana. Brotes de enfermedades diarreicas, afecciones en la piel, infecciones respiratorias y presencia constante de zancudos forman parte del paisaje. Cuando el sol aprieta, el agua estancada se convierte en caldo de cultivo; cuando llueve, el barrio entero colapsa.
Lo más grave es que Villa Fátima no es un asentamiento invisible. Está ahí, frente al mar, en una ciudad que vive del turismo, de la postal del atardecer y del discurso del progreso. Sin embargo, sus habitantes llevan años denunciando la ausencia de obras básicas: redes de alcantarillado, drenajes pluviales, acceso continuo a agua potable.
En ese territorio existen buenos hoteles que, paradojicamente son ocupados por ministros y otros altos funcionarios del Estado colombiano. En ese mismo territorio se encuentra un centro de convenciones, de donde se divisa la mejor foto de la pobreza social de la región. Cerca, esta Villa del Mar, un barrio excepcional, donde tradicionalmente viven los gobernadores, alcaldes. En la parte trasera esta el edificio las Terrazas, también habitado por los jovenes gobernantes.
Promesas ha habido muchas. Estudios, diagnósticos, anuncios de proyectos. Pero el agua sigue entrando a las casas y saliendo de los discursos.
En temporada de lluvias, el miedo no es exageración. Las noches se vuelven vigilias. Las familias duermen con baldes, escobas y trapos listos para sacar el agua que se cuela por las puertas. Los más viejos recuerdan inundaciones pasadas y advierten que cada año es peor, porque el nivel del suelo baja, el mar avanza y la infraestructura nunca llega.
El contraste es brutal: a pocos metros, el Caribe absorbe sin esfuerzo toneladas de agua; en Villa Fátima, una sola lluvia desborda la dignidad.
No se trata solo de incomodidad, sino de derechos básicos vulnerados. El acceso al agua potable, al saneamiento y a un entorno saludable no debería depender del barrio donde se nace. Pero en Riohacha, como en muchas ciudades del Caribe colombiano, el desarrollo se ha quedado en la orilla equivocada.
Villa Fátima resiste. Resiste con paredes manchadas de salitre, con niños enfermos que igual juegan, con adultos cansados de pedir lo obvio. Resiste porque no tiene otra opción. Pero cada aguacero recuerda que el abandono también mata lento, gota a gota.
Y mientras el mar sigue su curso eterno, el barrio continúa ahogándose en un problema que no es natural, sino profundamente humano: la falta de voluntad para garantizar lo básico.
Una esperanza llamada Esepgua

Hace unas horas la empresa de Servicios Públicos Esepguajira, dirigida por la ingeniera Andreina García, informó que se adjudicó el ESTUDIO DE AMENAZA, VULNERABILIDAD, RIESGO DE INUNDACIONES Y DISEÑO DE OBRAS DE DRENAJE EN LOS BARRIOS DE VILLA FATIMA Y BARRIO ARRIBA SECTOR DEL SALAITO, DISTRITO DE RIOHACHA, DEPARTAMENTO DE LA GUAJIRA, un proyecto contemplado dentro de la línea de mitigación del Plan de Gestión del Riesgo de la entidad.

El estudio se adjudicó mediante contrato suscrito con la firma Ingeniería y Desarrollo Nacional INALDEX S.A.S., con un plazo de ejecución de cinco meses, siguiendo el cronograma aprobado por el Comité Departamental de Gestión del Riesgo. Su objetivo es identificar las causas estructurales de las inundaciones, modelar el comportamiento hidráulico del sector y diseñar las obras necesarias para reducir las afectaciones históricas en estos barrios.
La gerente Andreina García destacó que esta iniciativa es resultado de la planificación responsable que caracteriza la gestión de ESEPGUA:
“Este estudio fue planeado, aprobado y contratado como parte de nuestra estrategia de mitigación. La gestión del riesgo se construye con anticipación, y hoy Villa Fátima y Barrio Arriba cuentan con un proceso técnico en marcha*

El proyecto permitirá contar con información precisa y diseños definitivos para avanzar hacia obras que protejan la infraestructura, la movilidad y las viviendas del sector, fortaleciendo la capacidad del territorio frente a eventos futuros.
Por su parte, el gobernador de La Guajira Jairo Aguilar Deluque , destacó que este trabajo reafirma el compromiso del departamento con la prevención y la planificación:
“La Guajira le está apostando a la gestión del riesgo con responsabilidad y anticipación. Estos estudios son la base para soluciones definitivas y sostenibles”.
