
La Guajira y Magdalena, siguen aisladas. No por un enemigo visible, sino por la suma de viejas fragilidades que, al coincidir, terminan por paralizar el territorio. La caída del puente sobre el río Mendihuaca —pieza clave de la Troncal del Caribe— y la amenaza de paros armados en Riohacha, Santa Marta y tramos viales, que comunican a corredores estratégicos del norte del país, han vuelto a dejar a estas regiones vulnerable y a merced de una crisis que desborda lo técnico para instalarse en lo político y lo social y los fenomenos naturales.
La interrupción de la vía Santa Marta–Riohacha no solo fracturó el tránsito vehicular. Partió en dos la cotidianidad de miles de guajiros: alimentos represados, combustibles encarecidos, servicios ralentizados y un turismo golpeado en plena temporada. A ello se sumó el temor que generan los anuncios de paros armados, que, aunque no siempre se materializan con la misma intensidad, producen un efecto inmediato: el silencio en las carreteras, el cierre preventivo del comercio y el miedo, como ocurre en Riohacha, en donde el comercio de las plazas de mercado fue obligado a cerrar sus puertas.
Habla Jairo Aguilar Deluque

En este escenario, el gobernador Jairo Aguilar rompió el silencio en entrevista con el Noticiero Cardenal. Su mensaje buscó transmitir calma institucional, insistiendo en que se activaron los canales con el Gobierno Nacional para atender la emergencia del puente y reforzar la seguridad. Sin embargo, más allá de los anuncios, el discurso dejó entrever una realidad compleja: el departamento depende casi por completo de decisiones que se toman fuera de su territorio.
Aguilar habló de coordinación, de mesas técnicas, de acompañamiento de la Fuerza Pública y de soluciones provisionales para restablecer el tránsito. Pero evitó fijar plazos concretos. En sus palabras se repitió una constante histórica de La Guajira: la espera. Espera por recursos, por obras definitivas, por respuestas estructurales que rara vez llegan al ritmo de la necesidad.
La crisis actual no es nueva, aunque sí más visible. Cada vez que un puente cae o una vía se bloquea, La Guajira queda expuesta como un territorio frágil, sostenido por infraestructuras mínimas y rutas únicas. Cada vez que un grupo armado anuncia un paro, el departamento revive el recuerdo de su vulnerabilidad geográfica y social.
Lo que hoy ocurre es la suma de esas dos realidades: una infraestructura precaria y una seguridad que aún no logra blindar completamente los corredores estratégicos. El gobernador, consciente de ello, optó por un tono institucional, midiendo cada palabra, quizás para no escalar el temor ni confrontar abiertamente a un Estado central del que depende la solución.
Mientras tanto, en los pueblos y corregimientos, la crisis se vive sin micrófonos. Transportadores detenidos, comerciantes con pérdidas, comunidades aisladas y ciudadanos que vuelven a preguntarse cuánto cuesta vivir en un departamento donde un solo puente puede definir el destino de toda una región.
La Guajira no está sitiada solo por una emergencia puntual. Está sitiada por años de postergación. Y cada crisis, como la actual, no hace más que recordarlo.
