¡ASOMBROSO!: Betoma, la ciudad Tayrona que vigilaba el río Frío, investigadores maravillados

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Fotos redes sociales/IA

El agua baja primero como un murmullo y luego como un canto firme entre las piedras. Así desciende el Río Frío, abriéndose paso desde las alturas de la Sierra Nevada de Santa Marta hacia la llanura que hoy conocemos como la Zona Bananera del Magdalena. Durante siglos, ese cauce no solo fue río: fue camino, frontera, alimento y memoria.

En sus cuencas altas, oculto bajo la selva espesa y la niebla que a veces parece suspender el tiempo, emergió recientemente un nombre que empieza a resonar en la arqueología colombiana: Betoma.

No es una ciudad que se revele a simple vista. No tiene aún senderos turísticos ni escalinatas restauradas como Ciudad Perdida. Betoma se descubre por fragmentos: terrazas que asoman bajo la vegetación, muros de piedra que sostienen la montaña, caminos empedrados que parecen dirigirse hacia ningún lugar y, sin embargo, conectarlo todo.

Los primeros registros técnicos hablan de una red extensa de estructuras distribuidas en la cuenca del río Frío. No un núcleo aislado, sino un entramado urbano que sugiere planificación, control territorial y conocimiento profundo del entorno. Desde lo alto, las plataformas circulares dominan el valle como balcones naturales. El río serpentea abajo, recordando que el agua fue el eje de la vida.

Desde 1.954 cuando expertos alemanes, llegaron a la cuenca del río, a realizar un estudio sobre las cotas de nieve en la parte alta de los picos Simón Bolívar y Cristobal Colóm, hablaron un poco de la presencia de escalinatas encima de los acantilados que bordean el gran afluente que alimenta a la zona bananera y luego hace vertimiento de sus agua a la Cienaga Grande de Santa Marta.

En tiempos de los antiguos tairona, la montaña no era obstáculo sino arquitectura. Cada terraza ganada a la pendiente representaba dominio técnico y adaptación ecológica. El río Frío no solo abastecía de agua: conectaba. Era corredor hacia la costa, hacia intercambios comerciales, hacia otros centros urbanos de la Sierra.

Juan Mayer Maldonado, un fotografo e investigador, que posteriormente fue nombrado como el primer ministro de Ambiente en Colombia, también habló de Ciudad 200, situado en esa misma cuenca, pero no se ha podido relacionar este nuevo hallazgo, con el hecho por antropologo colombiano.

Hoy, cuando los estudios comienzan a dimensionar el alcance de Betoma, la pregunta no es solo cuán grande fue, sino qué papel jugó en esa red de ciudades de piedra que poblaron la vertiente occidental. Su ubicación estratégica, sobre una de las principales cuencas que descienden hacia el Magdalena, sugiere que fue punto clave en la articulación entre montaña y planicie.

Abajo, en los pueblos actuales, Julio Zawady, Río Frío, Carital, Mamón, en donde la gente viven del cultivo del banano y del comercio, pocos imaginan que sobre sus cabezas, en las alturas cubiertas de selva, existió una sociedad capaz de transformar la geografía en ciudad. Una sociedad que entendía el equilibrio entre agua y piedra, entre agricultura y espiritualidad.

Betoma no compite con Ciudad Perdida; la complementa. Si Teyuna mostró al país que hubo una ciudad monumental en la Sierra, Betoma parece confirmar que no fue la única ni la mayor expresión de aquella civilización. Fue parte de un sistema más amplio, más complejo y más conectado de lo que durante décadas se pensó.

El río sigue bajando. Ha visto pasar siglos, colonos, haciendas, trenes bananeros y carreteras. Pero en sus nacimientos altos, entre la bruma persistente, las piedras vuelven a hablar. Y Betoma —la ciudad que vigilaba el río Frío— empieza a reclamar su lugar en la historia del Caribe colombiano, mientras decenas de bañistas llegan a diario a la zona de Julio Zawady, en donde se encuentra un balneario de aguas frías, en donde los fines de semana, todo se transforma en una caseta bailable, desconociendo las maravillas que existen en la parte alta de este icononico afluente.

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