“El que paga para llegar, llega para robar”, repite con la serenidad de quien ha visto cómo los presupuestos públicos se evaporan en promesas incumplidas.
Bety Almazo



En la Plaza Colombia de Uribia, donde el viento levanta arena y memoria, no sonó el estruendo de los picós ni el tintinear de las botellas. Sonaron, en cambio, los cantos de una eucaristía. Allí, bajo el cielo amplio de la Alta Guajira, la “seño Bety” cerró campaña sin tarimas fastuosas ni caravanas interminables. Cerró con una misa.
Se llama Bety Almazo. Es wayuu. Es maestra. Y en la lista al Senado del Nuevo Liberalismo ocupa el número 98. No llegó por herencia política ni por padrinazgos ruidosos. Tocó puertas en varios partidos del país hasta que encontró espacio en la colectividad que lidera Juan Manuel Galán. “No fue fácil”, cuentan quienes la han acompañado en esta travesía que empezó mucho antes de la campaña.
En Uribia la conocen más por su vocación que por su aspiración electoral. Es fundadora de una institución etnoeducativa de la que han egresado decenas de profesionales, tecnólogos y técnicos hoy vinculados a empresas regionales. En aulas levantadas con esfuerzo comunitario, la “seño Bety” sembró algo más que conocimientos: sembró autoestima cultural y disciplina académica en un territorio históricamente olvidado.
Su campaña no ha tenido los ingredientes habituales de la política tradicional en La Guajira: ni bolsas de comida, ni ron, ni whisky como anzuelo electoral. Ha recorrido corregimientos y barrios hablando de educación, de dignidad y de representación indígena real. Ha hecho proselitismo en La Guajira, Cesar, Norte de Santander, Santander y Bogotá, llevando el mensaje de que la política no puede seguir siendo un negocio. “El que paga para llegar, llega para robar”, repite con la serenidad de quien ha visto cómo los presupuestos públicos se evaporan en promesas incumplidas.
En su cierre de campaña no hubo rifas ni espectáculos. Hubo oración. Hubo agradecimientos. Hubo un llamado a votar sin miedo y sin precio. En tiempos donde la ostentación suele confundirse con fuerza electoral, la imagen de una candidata que ofrece una eucaristía como acto final resulta casi disruptiva. Para algunos, ingenua; para otros, profundamente coherente.
Bety Almazo apuesta a que la autoridad moral pese más que el dinero invertido. A que la trayectoria educativa sea su principal aval. A que Uribia, ese municipio que muchos conocen como la “capital indígena de Colombia”, envíe al Senado una voz que entienda el territorio desde adentro, desde la lengua wayuunaiki y desde las carencias cotidianas.
La “profe” no promete milagros legislativos. Promete trabajo. Promete no olvidar de dónde viene. Y en una región golpeada por la desconfianza, su mayor bandera es la humildad. En la recta final, mientras otros candidatos apagan los últimos fuegos artificiales, en Uribia quedó flotando el eco de una misa y una frase que resume su apuesta política: llegar limpio para gobernar sin deudas.
