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Está construccion en madera cedió ante las fuerzas del olleaje.

Palomino, el balneario preferido por el turismo extranjero, está a punto de ser devorado por el mar Caribe. Sus estructura no han sido derribadas de un solo golpe, poco a poco van cediendo ante las fuerzas de las olas. Primero socavó la arena, luego debilitó los soportes y finalmente dejó la madera de los pequeños negocios, suspendida en el aire, inclinada hacia el agua, como un esqueleto abandonado. Así luce hoy una de las construcciones del balneario de Palomino, en La Guajira, convertida en evidencia física de un proceso que avanza sin freno: la erosión costera.

Palomino, conocido por la postal donde el río se funde con el Caribe y la selva se asoma a la playa, vive una paradoja. Desde el aire, la costa aún parece intacta: una franja blanca bordeando el azul del mar, vegetación densa y un paisaje que invita al descanso. Pero a nivel del suelo, la historia es otra.

En varios tramos del balneario, el mar ha ganado metros de playa. El oleaje, intensificado por temporadas de mar de leva y eventos climáticos extremos, golpea directamente infraestructuras turísticas que fueron construidas sin una franja de protección costera suficiente. Cabañas, restaurantes artesanales y cercas improvisadas han quedado expuestas o colapsadas.

Desde el punto de vista técnico, Palomino enfrenta una combinación de factores críticos. La dinámica natural del litoral —caracterizada por corrientes fuertes y transporte de sedimentos— se ha visto alterada por el aumento del nivel del mar, asociado al cambio climático, y por la reducción de barreras naturales como dunas y manglares. A esto se suma la falta de obras de contención planificadas y estudios de riesgo costero aplicados al ordenamiento territorial.

Expertos en gestión costera advierten que no se trata solo de “temporadas fuertes”. La erosión es progresiva y acumulativa. Cada ola que arranca arena no la devuelve al mismo punto. El resultado es un retroceso sostenido de la línea de costa, que pone en riesgo no solo el turismo, sino también viviendas, ecosistemas y fuentes de ingreso comunitario.

La imagen de la estructura vencida resume el problema: Palomino creció mirando al mar, pero sin defensas frente a él. Hoy, el balneario paga el costo de un desarrollo turístico que no siempre dialogó con la naturaleza ni con la ciencia.

Mientras las autoridades evalúan soluciones y la comunidad improvisa barreras temporales, el mar sigue avanzando. No con furia, sino con constancia. Y en Palomino, cada centímetro que se pierde de playa es también una advertencia: el Caribe ya está cambiando, y La Guajira está en la primera línea de impacto.

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