
A las 9:20 de la mañana, Alejandro José Ramírez Mejía todavía estaba ahí.
Escribía. Enviaba fotos. Hablaba con Ivana Molina, la mujer de sus sueños, madre de sus dos hijos, que lo esperaba en Fonseca, para casarse en la iglesia San Agustin, en la tierra del retorno.
Minutos después, el silencio. No hubo más llamadas. Después, lo peor. El Hércules que ella vio en la fotografia hacia unos pocos minutos, había estallado al caer a tierra.
La interminable espera
Desde entonces, Ivana Molina vive atrapada en una espera que no tiene respuestas, ni consuelo, ni certezas.
“Le escribo, le escribo… y nada. Lo llamo y el celular está apagado”, dice, con una angustia que ya no puede ocultar.
Alejandro es soldado profesional. Tiene dos años en el Ejército. Venía de regreso. Venía feliz. Venía a casa.
Pero nunca llegó.
Una imagen que hoy duele
La última prueba de vida no es un documento oficial, ni un reporte militar. Es algo más humano, más cotidiano: una foto.
Alejandro, cerca del avión Hércules, listo para abordar.
Antes de eso, otro mensaje, casi íntimo, que ahora se vuelve desgarrador:
“Negra, mira cómo tengo la cara toda brotada… no sé si es viruela”.
Ivana le respondió como siempre. Con preocupación. Con cariño.
Nunca imaginó que ese sería el último intercambio.
Ni vivo, ni muerto: desaparecido
El avión despegó desde el sur del país.
El accidente ocurrió pocos minutos después.
Desde entonces, listas van y vienen. Nombres confirmados. Heridos identificados. Fallecidos reconocidos.
Pero Alejandro no aparece.
No está en ningún lado.
“Eso es lo peor… que nadie nos dice nada”, repite Ivana.
“No sabemos si venía en el avión, no sabemos si salió… no sabemos nada”.
La incertidumbre se vuelve una forma de tortura.
Una familia rota en la espera
En Riohacha, lejos del ruido mediático, Ivana sostiene como puede una realidad que se le vino encima sin aviso.
Tiene dos hijos.
Tenía una boda en planes.
Tenía una vida esperando en Fonseca.
“Estábamos esperando su llegada… recibirlo”, dice.
Pero lo único que llegó fue la noticia del accidente.
Y después, el vacío.
Puertas cerradas, respuestas ausentes
Ivana ha buscado respuestas donde cree que deben existir: en los militares, en los batallones, en las autoridades.
Pero se ha encontrado con lo mismo en todas partes:
Silencio.
“Nos dicen que esperemos… que ellos están igual que nosotros”, relata.
Nadie confirma.
Nadie niega.
Nadie explica.
El dolor de no saber
Hay algo más duro que la muerte: no saber.
No saber si está vivo.
No saber si necesita ayuda.
No saber si todo terminó.
Esa es la realidad de Ivana.
Esa es la realidad de Alejandro.
Y la de una familia que cada segundo se aferra a la esperanza, mientras el tiempo pasa y las respuestas no llegan.
Una llamada que lo puede cambiar todo
En La Guajira, el nombre de Alejandro ya no es solo el de un soldado más.
Es el símbolo de una angustia colectiva.
De una tragedia incompleta.
De una historia que aún no tiene final.
Ivana sigue mirando su teléfono. Esperando. Aguardando esa llamada que diga que todo fue un error.
Que está vivo. Que va en camino. Pero, el teléfono sigue en silencio. Y el silencio… cada vez pesa más.
