CIERRE TOTAL: Uribia la tierra del abandono, se paraliza en contra de la inseguridad y los pesimos servicios, exigen presencia de las autoridades

Generales Judiciales
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En Uribia, donde el sol cae inclemente sobre la arena y el viento arrastra historias antiguas del pueblo wayuu, el silencio ya no es el mismo. No es el silencio del desierto. Es otro: uno tenso, cargado de miedo, de incertidumbre. Un silencio que estalló en paro.

Las calles amanecieron distintas. Comercios cerrados, transporte suspendido, rostros serios. Nadie lo decretó oficialmente, pero todos lo entendieron: Uribia decidió parar.

La chispa no fue un solo hecho, sino una cadena que se volvió insoportable. En los últimos meses, ocho secuestros han sacudido a la comunidad. Ocho familias marcadas por la angustia, ocho historias que se repiten en voz baja, entre susurros y llamadas temerosas. A eso se suman las extorsiones, cada vez más frecuentes, cobrando peaje al trabajo honesto, asfixiando al pequeño comerciante, al transportador, al ganadero.

El florero de Llorente, fue el secuestro de Giovany Guarin, un comerciante plagiado delante de sus propios clientes, el ataque a bala de la Sicologa Caterine Torres Barros, los cortes continuos de energia electrica, el irrespeto a los turistas. Todo eso ha generado la reacción de la gente, que decidió cerrar las puertas del pueblo.

“Ya no se puede trabajar tranquilo”, dice un habitante que prefiere no dar su nombre. Y no es para menos: los intentos de homicidio, los robos y los asaltos a mano armada han dejado de ser hechos aislados para convertirse en una rutina peligrosa.

Pero la inseguridad no es el único detonante. La oscuridad también ha jugado su papel. Los constantes cortes de energía han profundizado la crisis. En un territorio donde el calor no da tregua, quedarse sin luz no es solo una incomodidad: es un golpe más a una población que siente que todo falla al mismo tiempo.

Así, entre el miedo y el hastío, el paro emergió como una forma de resistencia. No hay tarimas ni discursos grandilocuentes, pero sí hay una decisión colectiva: llamar la atención, exigir respuestas, romper la indiferencia.

Las vías bloqueadas son más que obstáculos físicos; son símbolos de un territorio que se siente sitiado. Las llantas quemadas, los plantones improvisados, los líderes comunitarios que alzan la voz: todo apunta a lo mismo, a una exigencia urgente de seguridad, de presencia estatal, de garantías mínimas para vivir.

En Uribia, la capital indígena de Colombia, el paro no es solo una protesta. Es un grito. Un grito que mezcla rabia, dolor y cansancio.

Mientras tanto, la vida queda en pausa. Los niños no van a clases, los negocios no abren, las rutas se detienen. Y en medio de todo, una pregunta flota en el aire caliente del desierto: ¿cuánto más tendrá que soportar Uribia antes de ser escuchada?

Porque aquí, en esta tierra donde la resistencia es parte de la identidad, la gente no está pidiendo más que lo básico: poder vivir sin miedo.

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