


“Lo mismito del año pasado”. La historia vuelve a repetirse. Es como un ciclo interminable, La Guajira enfrenta una vez más el drama del agua, una tragedia que parece no tener solución definitiva pese a las millonarias inversiones anunciadas durante décadas. Esta vez, sin embargo, el panorama adquiere dimensiones aún más preocupantes. La llegada anticipada del fenómeno de El Niño amenaza con profundizar una crisis humanitaria que golpea, sin distinción, a indígenas, campesinos y habitantes de los centros urbanos.
Las alertas no son producto de la especulación. De acuerdo con Asocapitales, La Guajira y su capital, Riohacha, figuran entre los territorios con mayor riesgo del país frente a la intensa temporada seca. Los pronósticos hablan de meses difíciles, pero la realidad demuestra que la emergencia ya comenzó.
Los jagüeyes, albercas y arroyos que durante generaciones sirvieron como única fuente de abastecimiento para miles de familias wayuu hoy son enormes extensiones de tierra agrietada. Desde el amanecer, hombres, mujeres y niños escarban la arena con la esperanza de encontrar un poco de agua, mientras los pozos que aún conservan líquido ofrecen un recurso salobre, insuficiente para el consumo humano.
Los reportes que llegan desde comunidades de la Alta Guajira estremecen. En San José de Taguairay y Huashien, los reservorios tradicionales permanecen completamente secos. Niños con signos de deshidratación y fiebre, adultos mayores debilitados y animales muriendo de sed y hambre conforman un panorama que recuerda las peores imágenes de las crisis humanitarias que el país prometió no volver a permitir.

La emergencia ya no afecta únicamente al pueblo wayuu. Los campesinos del piedemonte de la Sierra Nevada reportan la pérdida de sus cultivos por la ausencia de lluvias, mientras municipios como Maicao, Albania y la propia Riohacha comienzan a sentir el desabastecimiento de agua potable. En Albania, por ejemplo, numerosas familias dependen de un pequeño pozo construido hace años para una finca particular, debido a que el acueducto principal permanece fuera de servicio.
A este panorama se suma un hecho que genera mayor preocupación: la ausencia de respuestas oficiales. Mientras la ciudadanía espera un plan de contingencia claro, el capitán Juan Ricardo Hurtado Chacón, hasta hace poco subdirector de Manejo de Desastres, sorprendió al informar que acababa de presentar su renuncia. La crisis encontró a las autoridades sin un interlocutor que explicara qué acciones se adelantan para enfrentar la emergencia.
La Guajira no necesita más diagnósticos. Necesita agua. Necesita que los sistemas de acueducto construidos con recursos públicos funcionen plenamente, que los carrotanques lleguen a las comunidades, que se garantice el suministro eléctrico para operar los pozos profundos y que exista una coordinación efectiva entre la Nación, el departamento y los municipios.
Cada verano demuestra que el problema no es únicamente la falta de lluvia. También es la falta de planificación, de mantenimiento y de decisiones oportunas. Mientras esas fallas persistan, el desierto seguirá cobrando vidas, destruyendo el sustento de miles de familias y recordándole al país que la deuda histórica con La Guajira continúa tan vigente como siempre.

Los árboles de trupillo y cactos cedieron ante la inclemencia del Niño
UN VIDEO QUE REGISTRA LA YANAMA ORGANIZADA POR LA COMUNIDAD PARA RECUPERAR UN POZO QUE AUN TIENE UN POCO DE AGUA

