
Hay personas que llegan a la radio por casualidad. Otras, en cambio, parecen estar destinadas a ella desde que tienen memoria.
William de la Rosa Camargo pertenece al segundo grupo.
Desde niño se enamoró de ese extraño y fascinante mundo donde las voces se meten en las casas, la música cuenta historias y una consola puede convertirse en el centro de todos los sueños. Soñaba con micrófonos, acetatos, canciones y cabinas de radio.
Hoy, cuando celebra sus 41 años de vida, aquel niño puede decir que el sueño se cumplió. William es, desde hace años, uno de esos hombres que encontraron en la radio no solamente una profesión, sino una manera de vivir.
Pero antes de convertirse en la voz que muchos reconocen al otro lado del dial, hubo un momento que marcaría su destino.
Vestido con el uniforme verde de auxiliar bachiller de la Policía, en Santa Marta, William estaba junto a sus compañeros cuando un sargento comenzó a preguntar por las habilidades de cada uno.
—¿Quiénes saben manejar?
Algunas manos se levantaron.
—¿Quiénes conducen motocicleta?
Más manos.
—¿Quiénes saben manejar computadores?
William permanecía en silencio.
Hasta que llegó la pregunta que estaba esperando:
—¿Quiénes saben de locución?
Entonces levantó las dos manos.
—¡Yoooo!
No sabía que aquellas dos manos levantadas estaban señalando el camino de toda una vida.
Poco después ingresó a la emisora de la Policía en Santa Marta. Allí encontró lo que tantas veces había imaginado: micrófonos, consolas, cabinas, música y, sobre todo, la posibilidad de hacer realidad el sueño de hablarle a la gente desde la radio.
Llegó la primera prueba de voz.
William habló.
Desde el otro lado del vidrio llegaron las señales de aprobación.
Y fue como si aquel sueño que durante tantos años había flotado en las nebulosas de la imaginación finalmente aterrizara sobre la tierra.
Comenzó entonces una carrera que lo llevaría a RCN Radio en Santa Marta y, posteriormente, a La Guajira, donde asumió la dirección artística de la desaparecida Rumba Estéreo.
Después vendrían Valledupar, San Juan del Cesar y nuevamente Riohacha. Un recorrido por pueblos y ciudades donde la radio le permitió conocer personas, historias y, también, descubrir nuevas razones para quedarse.
En San Juan del Cesar encontró una tierra que terminó queriendo profundamente. Se acercó a su música, a sus compositores y a esa particular manera de contar la vida a través del acordeón.
Pero San Juan también le tenía reservado otro encuentro.
Allí su corazón sucumbió ante los encantos de una sanjuanerita, con quien construyó una familia y llegaron dos hijos que hoy son parte esencial de sus sueños, sus esfuerzos y sus alegrías.
Y así, aquel muchacho que un día levantó las dos manos para responder “¡Yoooo!”, terminó convirtiéndose en un hombre de radio.
Un hombre que cambió el plumaje del turpial por el del Cardenal, pero que conserva intacta aquella pasión de niño por los micrófonos.
Hoy no queremos hablar solamente del locutor.
Queremos celebrar al compañero, al amigo, al esposo, al padre y al hombre que ha construido su historia detrás de un micrófono, acompañado siempre por esa voz que un día le abrió las puertas de un mundo que soñaba conocer.
Feliz cumpleaños, viejo William de la Rosa.
Que sigan sonando los micrófonos, las canciones, las historias y esa voz que ya hace parte de la radio del Caribe.
¡41 años y que sigan contando!

