

La reactivación de las conversaciones entre Colombia y Venezuela para consolidar una zona binacional de integración representa una oportunidad histórica para transformar una frontera que durante décadas ha sido sinónimo de abandono, informalidad, contrabando, violencia y ausencia institucional. El reciente impulso dado por ambos gobiernos a la creación de zonas económicas especiales y mecanismos de cooperación fronteriza abre una puerta que no puede desaprovecharse, siempre y cuando el desarrollo sea paralelo, equilibrado y verdaderamente incluyente para todas las regiones involucradas.
La preocupación es legítima. Todo indica que la prioridad inicial estaría concentrada en el eje Norte de Santander–Táchira, una región históricamente reconocida por su dinámica comercial y su conexión andina. Sin embargo, sería un error estratégico repetir la vieja práctica centralista de mirar primero hacia donde ya existe alguna infraestructura y dejar para después a los territorios que más requieren inversión.
La frontera entre La Guajira colombiana y el estado Zulia venezolano es, quizás, la más abandonada y al mismo tiempo una de las más estratégicas de toda la relación binacional. Allí convergen dinámicas económicas, sociales y culturales que superan cualquier delimitación política. Es por este corredor donde se mueve buena parte de la economía del Caribe colombo-venezolano, donde históricamente han coexistido intercambios comerciales, movilidad humana y relaciones ancestrales que hoy siguen vivas, especialmente entre comunidades indígenas wayuu a ambos lados de la frontera.
Pero también es allí donde el abandono estatal ha permitido que florezcan estructuras criminales ligadas al narcotráfico, el contrabando de combustibles, el tráfico de personas, la extorsión, el secuestro y otras economías ilegales que terminaron reemplazando la presencia efectiva del Estado.
Pensar una zona binacional solo desde la óptica comercial sería un grave desacierto. Este proyecto debe concebirse como una estrategia integral de recuperación territorial, inversión social, fortalecimiento institucional, seguridad coordinada y desarrollo humano.
La frontera Caribe y la frontera Andina son distintas. Tienen comportamientos económicos, realidades sociales y desafíos estructurales completamente diferentes. Mientras Norte de Santander y Táchira poseen una lógica comercial-industrial consolidada, La Guajira, Cesar y Zulia demandan una visión enfocada en conectividad, puertos, energías, turismo, infraestructura básica y formalización económica.
Por eso, ambas zonas deben caminar en paralelo.
No se trata de competir por prioridad, sino de entender que una integración binacional exitosa exige equilibrio territorial. Si el proceso arranca solo por el eje andino, el mensaje para La Guajira sería devastador: una vez más, quedar relegada al último lugar.
Hoy existe una posibilidad real de corregir décadas de olvido. La zona binacional solo tendrá legitimidad si incluye desde el primer momento a todos los territorios fronterizos. La Guajira no puede seguir esperando. El Caribe también merece ser protagonista de esta nueva historia de integración.

