
Las versiones corren con la velocidad de un balón bien pateado por Iván René Valenciano. Van de boca en boca, atraviesan calles polvorientas y se cuelan en las conversaciones de esquina en el sur de Riohacha. Pero esta vez no se habla de goles ni de hazañas deportivas. Esta vez, el rumor tiene un peso distinto: miedo.
El estadio Luis Eduardo Cuéllar, el único escenario público de fútbol en esta zona de la ciudad, comenzó a venirse abajo. Literalmente. Las paredes, esas que durante años han resguardado los sueños de cientos de jóvenes futbolistas, hoy se resquebrajan sin aviso, como si el concreto también se hubiera cansado de sostener promesas incumplidas.
Primero fue una grieta. Luego, un desprendimiento. Después, el silencio incómodo de quienes prefieren mirar hacia otro lado. Desde hace casi una semana, una de las paredes levantadas durante una costosa remodelación empezó a ceder. Y con ella, también se vino abajo la confianza de una comunidad que siempre sospechó que algo no estaba bien hecho.
Los futbolistas ya no juegan con la misma tranquilidad. Cada pase, cada carrera, se mezcla con la incertidumbre de una estructura que amenaza con caer en cualquier momento. Los vecinos, que antes encontraban en el estadio un punto de encuentro, ahora evitan siquiera pasar cerca. El miedo no necesita invitación.



En las graderías, donde antes se escuchaban gritos de aliento y risas, hoy se siente un vacío pesado. Nadie da explicaciones. Nadie asume responsabilidades. La complicidad se disfraza de silencio, de trámites, de evasivas. Una mezcla peligrosa entre la pereza institucional y el temor ciudadano de alzar la voz.
Y sin embargo, el estadio sigue siendo necesario. Allí confluyen niños que sueñan con ser profesionales, mujeres que han encontrado en el fútbol un espacio de libertad, hombres que descargan en cada partido las tensiones de la vida diaria. Es más que un escenario: es un refugio social.
Por eso la pregunta resuena con más fuerza que nunca: ¿quién responde por el deterioro del Luis Eduardo Cuéllar? ¿En manos de quién está su mantenimiento? ¿Fue entregado en concesión o simplemente abandonado a su suerte?
Mientras las respuestas no llegan, las paredes siguen cayendo. Y con cada bloque que se desploma, también se derrumba un poco la confianza de toda una comunidad que solo pedía un lugar digno para jugar, soñar y vivir el fútbol.
